Sanabria: luz, textura y escenario de las pinturas de Emilio Prieto

El pintor Emilio Prieto (1940-2004) nació en Madrid, aunque siempre se sintió de Sanabria, comarca donde habían nacido sus padres y sus abuelos, y donde, pasado el tiempo, se le recuerda. El pequeño pueblo sanabrés de Paramio fue para el artista el lugar al que volver una y otra vez. En el catálogo de una exposición celebrada en Puebla de Sanabria en 1994, Andrés García Sanromán escribe: «Desde Emilio Prieto a Sanabria, hay la distancia que él quiera darle, porque es tan mágico su ir y venir, tan mágico su hacer y estar, tan mágica su pintura y humanidad, que las distancias las impone él: este poeta de su pintura y su tierra se vanagloria simplemente de ser poeta de la pesca. Y entre la pesca (cuando pesca) y la pintura (cuando pinta) dice que tampoco hay distancias… Este artista tan universal, tan sanabrés, tan madrileño que dice ser uno de los dos mejores pintores del barriobajo de Paramio y que en realidad es uno de los más originales y grandes artistas españoles contemporáneos».

Izquierda: Emilio Prieto con una trucha en Sanabria (1995). Derecha: Emilio Prieto en su estudio (1996)
«Mederos de Sanabria» (1960)

Emilio Prieto organizó su primera exposición en la Galería Lorca de Madrid en 1963. En estos primeros años de su carrera artística buena parte de su obra está compuesta por paisajes solitarios y vacíos, escenarios enigmáticos con tintes «pop» en ocasiones habitados únicamente por figuras femeninas vestidas de negro. A veces, siluetas oscuras de aire campesino, a veces, excéntricas figuras sin cabeza. José María Iglesias, pintor y crítico de arte, autor de la espléndida monografía de Emilio Prieto editada en 1998, considera que dichas pinturas «relatan la soledad del campo y la propia» y añade que se trata del «paisaje de Sanabria, metido desde la infancia en la retina y en el alma del pintor». Un paisaje que irá tomando en la pintura de Emilio Prieto un doble valor: «el narrativo, si se quiere denominarlo así y el de convertirse en escenario». En una entrevista publicada en El Correo de Zamora el 10 de abril de 1996 Emilio recordaba la imposibilidad como artista de «ser ajeno a su tierra, a sus vivencias, a su infancia (…) porque realmente es lo que mejor conoce: esos cielos, esas planicies, esos colores que cambian».

«Conversación con campesina» (1968)

La pintura de Emilio Prieto siguió un camino de «despojamiento» o «renuncia» que no fue simplificación, sino indagación y creación de un universo plástico propio: sillas vacías, horizontes infinitos con su reconocible «línea blanca», lugares azules o grises para ser habitados por animales o por figuras descontextualizadas de pintores clásicos.

Si el paisaje sanabrés era origen en el comienzo de su carrera, en pleno ejercicio de abstracción, también fue protagonista en su madurez artística cuando lo pintó del natural. «Hay en estos paisajes un carácter de búsqueda y hasta de experimentación. En los horizontes bajos, en el estudio de las nubes, en la vista frontal, en la ausencia de caminos o veredas que llevaran hacia un punto de fuga lejano, en el tratamiento textural, y hasta tectónico de la tierra, en contraste con el casi gaseoso del cielo; en la capacidad de ensimismar la pintura, aunque siempre sea referida a algo, en la colocación y longitud de la línea blanca, busca Emilio Prieto nuevos cometidos para sus cuadros», expone Iglesias.

«Lago de Sanabria» (1994)

Durante todo este mes de julio Emilio Prieto (hijo), también pintor, homenajeará a su padre en la exposición «Emilio Prieto y Emilio Prieto. Exposición homenaje 20 años después. El regreso del hijo pródigo» en la sala de exposiciones «Paco de Lucía» (Latina) en Madrid. Con motivo del vigésimo aniversario del fallecimiento de Emilio Prieto, la muestra reúne obras de padre e hijo.

Ilustran esta entrada obras de Emilio Prieto ambientadas en la comarca de Sanabria y cuyas imágenes han sido facilitadas amablemente por su hijo. Algunas de estas obras podrán verse en la exposición de Madrid. Como escribe Emilio Prieto en el catálogo de la muestra: «No se es de un lugar porque en él se haya nacido, sino porque en él se ha quedado perdida la mirada».

Javier García Martín

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