
Agosto de 1963. Porto. Un pueblo de la comarca de Sanabria que ese día suena a música y a campanas, a plaza y a iglesia. Las fotografías son del fotoperiodista Gerardo Contreras (1902-1971) y han permanecido décadas en silencio hasta que hace unos meses fueron digitalizadas en el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid. Son imágenes inéditas, en blanco y negro, que regresan ahora para recordarnos cómo era un día de fiesta cuando el tiempo parecía ir más despacio.
En la plaza, una pequeña orquesta toca desde la balconada del ayuntamiento. Los músicos están en alto; la vida, abajo. Hombres y mujeres bailan, charlan, se mueven al ritmo de una música que no escuchamos pero casi podemos adivinar. Es agosto y todo apunta a la fiesta de la Asunción, el 15, una de esas fechas que justificaban la espera, el regreso, el encuentro.
A pocos metros, tras una puerta de madera, el ambiente se transforma. Dentro de la iglesia, la celebración se vive de otra manera. Hay silencio, miradas serias, gestos contenidos. Varias mujeres visten de negro, como dictaban las costumbres de entonces, incluso en los días grandes. El contraste es evidente: fuera la algarabía, dentro el recogimiento. Dos formas de estar, de creer y de celebrar, que no se contradicen, sino que se completan. El blanco y negro acentúa esa dualidad. La luz de la plaza frente a la penumbra del templo. Todo ocurre el mismo día, en el mismo pueblo, casi a la misma hora.
Gerardo Contreras no llegó a Porto por casualidad. Probablemente lo hizo atraído por las instalaciones hidroeléctricas de la zona, que también fotografió y de las que se conservan imágenes. Pero, como suele ocurrir con los buenos fotógrafos, supo mirar más allá del motivo principal y fijarse en lo que pasaba alrededor. En la gente. En lo cotidiano. En lo que no estaba previsto.
Estas fotografías no hablan solo de una fiesta concreta. Hablan de una época, de una manera de vestir, de reunirse y de habitar el espacio público. Hablan de un mundo rural que no era decorado ni excepción, sino centro, lugar de encuentro. Un Porto que ha cambiado, como han cambiado tantos pueblos, pero que no ha desaparecido. Porque sigue estando en su territorio, en su gente y en su memoria. Y ahora también en estas imágenes rescatadas del archivo, que nos recuerdan que lo rural no es pasado, sino raíz, y que volver a mirarlo es, también, una forma de futuro.

















